Oyó cómo entraban todos los huéspedes; ya era más de media noche cuando el cotarro quedó tranquilo; pero de repente se armó una trapatiesta de voces y de risas alborotadoras, que terminó con una imprecación de triple blasfemia y una bofetada que resonó estrepitosamente.

—¿Qué será eso, madre?—preguntó Manuel desde su cama.

—A la hija de doña Violante que la han cogido con el novio—contestó la Petra, medio dormida; luego le pareció una imprudencia decir esto al muchacho, y añadió, malhumorada:

—Calla y duerme ya.

La caja de música del recibimiento, movida por la mano de alguno de los huéspedes, comenzó a tocar aquel aire sentimental de La Mascota, el dúo de Pippo y Bettina:

¿Me olvidarás, gentil pastor?

Luego quedó todo en silencio.

CAPÍTULO III

Primeras impresiones de Madrid.—Los huéspedes.—Escena apacible.—Dulces y deleitosas enseñanzas.

La madre de Manuel tenía un pariente, primo de su marido, que era zapatero. Había pensado la Petra, en los días anteriores, enviar a Manuel de aprendiz a la zapatería; pero le quedaba la esperanza de que el muchacho se convenciera de que le convenía más estudiar cualquier cosa que aprender un oficio; y esta esperanza la hizo no decidirse a llevar al chico a casa de su cuñado.