Vidal cultivó la amistad de las muchachas; casi todas eran feas, pero esto no estorbaba para sus planes, que consistían en ensanchar el radio de acción de sus conocimientos.
—Hay que dejar las afueras y meterse en el centro—decía Vidal.
Vidal quería que Manuel le secundase, pero éste no tenía aptitudes. Vidal llegó a ser el indispensable para cuatro muchachas que vivían juntas en Cuatro Caminos, que se llamaban la Mellá, la Goya, la Rabanitos y la Engracia, y que habían formado con Vidal, el Bizco y Manuel una Sociedad, aunque anónima.
Las pobres muchachas necesitaban alguna protección; las perseguían los polizontes más que a las demás mujeres de la vida porque no pagaban a los inspectores. Solían andar huyendo de los guardias y agentes, los cuales, cuando había recogida, las llevaban al Gobierno civil, y de aquí al convento de las Trinitarias.
La idea de quedar encerradas en el convento producía en ellas un verdadero terror.
—¡Eso de no ver la caye!—decían, como si fuera un tremendo castigo.
Y el abandono de noche, en las calles desamparadas, para otros un motivo de horror: el frío, el agua, la nieve, era para ellas la libertad y la vida.
Hablaban todas de una manera tosca; decían veniría, saliría, quedría; en ellas el lenguaje saltaba hacia atrás en una curiosa regresión atávica.
Adornaban sus dichos con una larga serie de frases y muletillas del teatro.
Llevaban las cuatro una vida terrible; pasaban la mañana y tarde durmiendo y se acostaban al amanecer.