—¿Cómo?
—Con la clac. No tenemos que pagar; lo único que hay que hacer es aplaudir cuando nos den la señal.
La condición le pareció a Manuel tan fácil de cumplir, que le preguntó a su primo:
—Pero oye, ¿cómo no va todo el mundo así?
—Todos no conocen como yo al jefe de la clac.
Fueron, efectivamente, al teatro de Apolo. Manuel los primeros días no hizo mas que pensar en las funciones y en las actrices. Vidal, con la superioridad que tenía para todo, aprendió las canciones en seguida; Manuel, en secreto, le envidiaba.
En los entreactos iban los de la clac a una taberna de la calle del Barquillo, y algunas veces a otra de la plaza del Rey. En esta última abundaban los alabarderos del circo de Price.
Casi todos los que formaban la legión de aplaudidores contaban pocos años; algunos, en corto número, trabajaban en algún taller; la mayoría, golfos y organilleros, terminaban después en comparsas, coristas o revendedores.
Había entre ellos tipos afeminados, afeitados, con cara de mujer y voz aguda.
A la puerta del teatro conocieron Vidal y Manuel una cuadrilla de muchachas, de trece a diez y ocho años, que merodeaban por la calle de Alcalá, acercándose a los buenos burgueses, fingiéndose vendedoras de periódicos y llevando constantemente un Heraldo en la mano.