—Ahí tienes una, bribón.

Cogió Vidal la moneda que tiró el trapero, y como no las tenían todas consigo, fueron andando de prisa. Cuando llegaron a la casa de la Dolores, en las Cambroneras, estaban rendidos, nadando en sudor.

Mandaron traer un frasco de vino de la taberna.

—Menuda chapuza hemos hecho, ¡moler!—dijo Vidal.

Después de pagado el frasco les quedaban diez reales; repartidos entre los tres les tocaron a ochenta céntimos cada uno. Vidal resumió la jornada diciendo que robar en despoblado tenía todos los inconvenientes y ninguna de las ventajas, pues, además de exponerse a ir a presidio para casi toda la vida y a recibir una paliza y a ser mordido por un perro moral, corría uno el riesgo de ser miserablemente engañado.

CAPÍTULO V

Vestales del arroyo.—Los trogloditas.

Nada. Tenemos que separarnos de ese bruto de Bizco. Cada vez le tengo más odio y más asco.

—¿Por qué?

—Porque es un bestia. Que se vaya con esa vieja zorra de la Dolores. Nosotros, tú y yo, vamos a ir al teatro todas las noches.