Temblaba la llama, iluminando a ratos, ya un trozo de la cueva, ya la cara pálida de uno de los jugadores, y, al parpadear de la luz, las sombras de los hombres se alargaban y se achicaban en las paredes arenosas. De cuando en cuando se oía una maldición o una blasfemia.

Manuel pensó haber visto algo parecido en la pesadilla de una fiebre.

—Yo no entro—le dijo al Bizco.

—¿Por qué?—preguntó éste.

—Prefiero helarme.

—Haz lo que quieras. Yo conozco a uno de esos. Es el Intérprete.

—¿Y quién es el Intérprete?

—El capitán de los golfos de la Montaña.

A pesar de estas seguridades, Manuel no se decidió.

—¿Quién está ahí?—se oyó que preguntaban de dentro.