—Yo—contestó el Bizco.
Manuel se alejó de allá a todo correr. Cerca de la cueva había dos o tres casuchas reunidas, con un corral en medio, cercada por una tapia de pedruscos.
Era aquello, según el nombre irónico puesto por la golfería, el Palacio de Cristal, nido de palomas torcaces de bajo vuelo que garfaban en el cuartel de la montaña, y a las cuales, por la noche, acompañaban gavilanes y gerifaltes amigos.
El paso del corral estaba cerrado por una puerta de dos hojas.
Manuel la examinó por ver si cedía, pero era fuerte, y blindada con latas extendidas y claveteadas sobre esteras.
Pensó que allí no habría nadie, e intentó saltar la tapia; subió sobre el muro bajo de cascote y, al ir a pasar, se enredó en un alambre, cayó una piedra de la cerca al suelo, comenzó a ladrar un perro con furia y se oyó de dentro una maldición.
Manuel pudo convencerse de que el nido no estaba vacío, y huyó de allá. En un hueco, algo resguardado de la lluvia, se metió y se acurrucó a dormir.
Era de noche aún cuando se despertó tiritando de frío, temblando de la cabeza a los pies. Echó a correr para entrar en reacción; llegó al paseo de Rosales y dió varias vueltas arriba y abajo.
La noche se le hizo eterna.
Dejó de llover; a la mañana salió el sol; en un agujero abierto en la pendiente del terraplén, Manuel se guareció. El sol comenzaba a calentar de una manera deliciosa. Manuel soñó con una mujer muy blanca y muy hermosa, con unos cabellos de oro. Se acercó a la dama, muerto de frío, y ella le envolvió con sus hebras doradas y él se fué quedando en su regazo agazapado dulcemente, muy dulcemente...