CAPÍTULO VI
El señor Custodio y su hacienda.—A la busca.
... Y dormía con el más dulce de los sueños, cuando una voz áspera le trajo a las amargas e impuras realidades de la existencia.
—¿Qué haces ahí, golfo?—le dijeron.
—¡Yo!—murmuró Manuel, abriendo los ojos y contemplando a quien le hablaba—. Yo no hago nada.
—Sí; ya lo veo; ya lo veo.
Manuel se incorporó; tenía ante sí un viejo de barba entrecana y mirada adusta, con un saco al hombro y un gancho en la mano. Llevaba el viejo una gorra de piel, una especie de gabán amarillento y una bufanda rojiza arrollada al cuello.
—¿Es que no tienes casa?—preguntó el hombre.
—No, señor.
—¿Y duermes al aire libre?