—Como no tengo casa...

El trapero se puso a escarbar en el suelo, sacó algunos trapos y papeles, los guardó en el saco y, volviendo a mirar a Manuel, añadió:

—Más te valdría trabajar.

—Si tuviera trabajo, trabajaría; pero como no tengo... a ver...—y Manuel, harto de palabras inútiles, se acurrucó para seguir durmiendo.

—Mira...—dijo el trapero—ven conmigo. Yo necesito un chico... te dará de comer.

Manuel miró al viejo, sin contestar nada.

—Conque ¿quieres o no? Anda, decídete.

Manuel se levantó perezosamente. El trapero subió la cuesta del terraplén con el saco al hombro, hasta llegar a la calle de Rosales, en donde tenía un carrito, tirado por dos burros. Arreó el hombre a los animales, bajaron al paseo de la Florida, y después, por el de los Melancólicos, pasaron por delante de la Virgen del Puerto y siguieron la ronda de Segovia. El carro era viejo, compuesto con tiras de pleita, con su chapa y su número y estaba cargado con dos o tres sacos, cubos y espuertas.

El trapero, el señor Custodio, así dijo él que se llamaba, tenía facha de buena persona.

De cuando en cuando recogía algo en la calle y lo echaba en el carro.