Debajo del carro, sujeto por una cadena y andando despacio, iba un perro con unas lanas amarillas, largas y lustrosas, un perro simpático que, en su clase, le pareció a Manuel que debía ser tan buena persona como su amo.


Entre el puente de Segovia y el de Toledo, no muy lejos del comienzo del paseo Imperial, se abre una hondonada negra con dos o tres chozas sórdidas y miserables. Es un hoyo cuadrangular, ennegrecido por el humo y el polvo del carbón, limitado por murallas de cascote y montones de escombros.

Al llegar a los bordes de esta hondonada, el trapero se detuvo e indicó a Manuel una casucha próxima a un Tío Vivo roto y a unos columpios, y le dijo:

—Esa es mi casa; lleva el carro ahí y vete descargando. ¿Podrás?

—Sí; creo que sí.

—¿Tienes hambre?

—Sí, señor.

—Bueno; pues dile a mi mujer que te dé de almorzar.

Bajó Manuel con el carro hasta la hondonada por una pendiente de escombros. La casa del trapero era la mayor de todas y tenía corral y un cobertizo adosado a ella.