Se detuvo Manuel en la puerta de la casucha; una vieja le salió al encuentro:
—¿Qué quieres tú, chaval?—le dijo—. ¿Quién te manda venir aquí?
—El señor Custodio. Me ha encargado que me diga usted dónde tengo que dejar lo que va en el carro.
La vieja le indicó el cobertizo.
—Me ha dicho también—agregó el muchacho—que me dé usted de almorzar.
—¡Te conozco, lebrel!—murmuró la vieja.
Y después de refunfuñar durante largo rato y de esperar a que Manuel descargara el carro, le dió un trozo de pan y de queso.
La vieja desenganchó los dos borricos del carrito y soltó al perro, que se puso a ladrar y a jugar de contento; ladró a los burros, uno negro y otro rucio, que volvieron la cabeza para mirarle y le enseñaron los dientes; persiguió desesperadamente a un gato blanco de cola erizada como un plumero, luego se acercó a Manuel, que, sentado al sol, comía su trozo de queso y de pan en espera de algo. Almorzaron los dos.
Manuel dió vuelta a la casa para verla. Uno de sus lados estrechos lo componían dos casetas de baño.
Estas dos casetas no se hallaban unidas, dejaban entre ambas un espacio tapado por una puerta de hierro, de las usadas para cerrar las tiendas, llenas de orín.