—Sí, también.
—Pues cántala.
El jorobado había tomado, como motivo de escándalo, el Prefacio de la Misa, y substituía las palabras sagradas por otras con que anunciaba su comercio, y empezó a gritar:
—Quién me vende... las zapatillas... los pantalones... las alpargatas... las botas viejas... y las usadas... las lavativas... los orinales y hasta la camisa.
A la Justa le producían los gritos del jorobado una risa nerviosa. El Conejo, después de cantar dos o tres veces el Prefacio, tomó el aire de las rogativas y cantó unas cosas con voz de tiple y otras con voz de bajo:
El sombrero de copa... y en vez de decir Liberanos dominé, decía: ahora mismo compraré... el chaleco viejo... una perra gorda daré...
El jorobado tuvo que callarse para que dejara de reír la Justa.
De pronto ésta advirtió el entusiasmo de Manuel, y, a pesar de que no le parecía una gran conquista, se puso seria, le animó y le dedicó miradas furtivas, que hicieron latir apresuradamente el corazón del muchacho.
Cuando se fué la hija del señor Custodio, Manuel se quedó como si le hubieran dejado a obscuras. Pensó que con el recuerdo de las miradas incendiarias tendría que vivir dos o tres semanas.
Al día siguiente, cuando Manuel se encontró con el Conejo, escuchó las tonterías que le dijo el jorobado, que siempre estaba hablando del obispo de Madrid-Alcalá, y luego trató de llevar la conversación al tema del señor Custodio y su familia.