—Es guapa la Justa, ¿verdad?
—Psch... sí—y el Conejo le miró a Manuel con un aspecto reservado de hombre que oculta un misterio.
—Usted la ha conocido de chica, ¿eh?
—Sí; pero he conocido otras muchas.
—¿Tiene novio?
—Sí lo tendrá. Todas las mujeres tienen novio, a no ser que sean muy feas.
—¿Y quién es el novio de la Justa?
—Cualquiera; yo creo que es el obispo de Madrid-Alcalá.
El Conejo era un hombre de aspecto muy inteligente; tenía la cara larga, la nariz corva, la frente ancha, los ojos pequeños y brillantes y una perilla rojiza y en punta como la de un chivo.
Un tic especial, un movimiento convulsivo de la nariz agitaba su rostro de vez en cuando, y era lo que le daba más semejanza con un conejo. Reía tan pronto con una carcajada nerviosa, metálica, sonora, como con una risa sorda de polichinela. Miraba a la gente de arriba abajo y de abajo arriba, de una manera insolente a fuerza de ser burlona, y para más sorna detenía su mirada en los botones del traje de su interlocutor, e iba danzando con la vista de la corbata al pantalón y de las botas al sombrero. Tenía especial empeño en vestir de un modo ridículo y le gustaba adornarse la gorra con vistosas plumas de gallo, andar con botas de montar y hacer otra porción de extravagancias.