Le gustaba también embromar a la gente con sus mentiras, y afirmaba las cosas que inventaba con tal tesón, que no se comprendía si se estaba riendo o hablando en serio:
—¿No sabe usted lo que le ha pasado esta tarde al obispo de Madrid-Alcalá en las Cambroneras?—decía a algún conocido.
—No.
—Pues que ha ido a hacer una visita para darle una limosna a Garibaldi, y Garibaldi le ha sacado una jícara de chocolate al señor obispo. Se ha sentado el señor obispo, ha tomado una sopa y clac... no se sabe qué le ha pasado: se ha quedado muerto.
—¡Pero, hombre!...
—Es cosa de los republicanos—decía el Conejo, muy serio, y se marchaba a otra parte a propalar la noticia o a contar otro embuste. Se metía en un grupo:
—¿Ya saben ustedes eso de Weyler?
—No, ¿qué ha pasado?
—Nada; que al volver del Campamento unas moscas se le han puesto en la cara y le han comido toda la oreja. Ha pasado por el puente de Segovia echando sangre.
Así se divertía aquel bufón.