Un domingo de invierno, la Justa, que había tomado la costumbre de ir todos los días de fiesta a casa de sus padres, dejó de aparecer por allá; Manuel supuso si la causa de esto sería el mal tiempo, y pasó toda la semana intranquilo y nervioso, contando los días que faltaban para ver a la Justa.

Al domingo siguiente, Manuel se apostó en la esquina del paseo de los Pontones a esperar que pasara la muchacha, y al verla de lejos le dió un vuelco el corazón. Venía acompañada por un joven elegante, medio torero, medio señorito, con sombrero cordobés y capa azul llena de bordados. Al final del paseo se despidió la Justa del que la acompañaba.

Al otro domingo, la Justa se presentó en casa de su padre con una amiga y el joven de la capa bordada, y presentó a éste al señor Custodio. Dijo después que era hijo de un carnicero de la Corredera Alta y muy rico, hermano de una muchacha del taller, y a su madre la Justa le confesó, alborozada, que el muchacho le había pedido relaciones. Aquella frase de pedir relaciones, que lo dicen relamiéndose, desde la princesa altiva hasta la portera humilde, encantó a la mujer del trapero, mayormente tratándose de un muchacho rico.

El hijo del carnicero fué considerado en casa del señor Custodio como prototipo de todas las perfecciones y bellezas; Manuel únicamente protestaba y fulminaba sobre el Carnicerín, como le denominó desde el primer momento con desprecio, miradas asesinas.

Los sufrimientos de Manuel al comprender que la Justa admitía con entusiasmo como novio al hijo del carnicero fueron crueles; ya no la melancolía, la ira y la desesperación más rabiosa agitaban su alma.

Eran también demasiadas ventajas las de aquel mozo: alto, gallardo, esbelto, de naciente y rubio bigote, bien vestido, con los dedos llenos de sortijas, bailarín consumado y guitarrista hábil; tenía casi el derecho de estar tan satisfecho de su persona como lo estaba.

—¿Cómo no notará esa mujer—pensaba Manuel—que ese tipo no se quiere mas que a sí mismo? En cambio yo...

Solía haber los domingos baile en una explanada próxima a la ronda de Segovia, y el señor Custodio, con su mujer, la Justa y su novio, iban allí. A Manuel le dejaban guardando la casa, pero algunas veces se escapó para ver el baile.

Cuando vió a la Justa bailando con el Carnicerín le dieron ganas de ahogarles a los dos.

Luego el novio era de una petulancia extraordinaria; cuando bailaba se contoneaba y parecía que iba jaleándose y piropeándose a sí mismo y que guardaba en el ritmo del baile algo tan precioso, que un movimiento de abandono podría echarlo todo a perder. Ni aun para decir misa, lo hubiera hecho con tanta ceremonia.