Como es natural, un conocimiento tan completo de la ciencia del baile, unido a la conciencia de su superioridad, le daban al Carnicerín un admirable aplomo. Era él quien se dejaba conquistar indolentemente por la Justa, que estaba frenética. Al bailar se le echaba encima, sus ojos brillaban y le temblaban las alas de la nariz; parecía que le quería sujetar, tragar, devorar. No separaba la vista de él, y si le veía con otra mujer se alteraba su rostro rápidamente.
Una de las tardes, el Carnicerín hablaba con un amigo suyo. Manuel se acercó a oír la conversación.
—¿Es aquélla?—le preguntaba el amigo.
—Gachó, como está de colá contigo.
Y el Carnicerín, con una sonrisa petulante, añadió:
—La tengo chalá.
Manuel en aquel momento le hubiera arrancado el corazón.
La decepción amorosa hizo que Manuel pensara en abandonar la casa del señor Custodio.
Un día se encontró cerca del puente de Segovia con el Bizco y otro golfo que le acompañaba.