Iban los dos desharrapados; el Bizco tenía un aspecto más ceñudo y brutal que nunca; llevaba una chaqueta vieja, por entre cuyos agujeros se veía la piel negruzca; los dos marchaban, según le dijeron, al cruce del camino de Aravaca con la carretera de Extremadura, a un rincón que llamaban el Confesonario. Allí pensaban reunirse con el Cura y el Hospiciano para asaltar una casa.

—Anda, ¿vienes?—le dijo irónicamente el Bizco.

—Yo, no.

—¿Dónde estás ahora?

—En una casa... trabajando.

—¡Valiente panoli! Anda, vente con nosotros.

—No, no puede ser... Oye, ¿y Vidal? ¿No le has vuelto a ver?

El rostro del Bizco quedó más ceñudo.

—Ya me las pagará ese charrán. No se escapa sin que yo le pinte un chirlo en la cara... Pero, ¿vienes o no?

—No.