Las ideas del señor Custodio habían influído en Manuel fuertemente; pero, como a pesar de esto sus instintos aventureros le persistían, pensaba marcharse a América, en hacerse marinero, en alguna cosa por el estilo.
CAPÍTULO VIII
La plaza.—Una boda en la Bombilla.—Las calderas del asfalto.
El noviazgo del Carnicerín y de la Justa se formalizaba; el señor Custodio y su mujer se bañaban en agua de rosas, y únicamente Manuel creía que el matrimonio, al fin, no se realizaría.
El Carnicerín era demasiado estirado y señorito para casarse con la hija de un trapero; Manuel pensaba que iba a ver si se aprovechaba de la ocasión; pero nada autorizaba por el momento estas malévolas suposiciones.
El Carnicerín se mostraba generoso y tenía delicados obsequios para los padres de su novia.
Un día de verano convidó a toda la familia y a Manuel a una corrida de toros. La Justa se puso muy elegante y bonita para ir con su novio. El señor Custodio llevaba las prendas de toda gala: el sombrero hongo nuevo, nuevo aunque tenía más de treinta años; su chaqueta de pana forrada, excelente para las regiones boreales, y un bastón con puño de cuerno comprado en el Rastro; la mujer del trapero llevaba un traje antiguo y un pañuelo alfombrado, y Manuel estaba ridículo con un sombrero sacado del almacén, que le salía un palmo por delante de los ojos, un traje de invierno que le sofocaba y unas botas estrechas.
Detrás de la Justa y del Carnicerín, el señor Custodio, su mujer y Manuel llamaban la atención de la gente, que se reía al verlos.
La Justa se volvía a mirarlos y sonreía. Manuel iba furioso, sofocado; el sombrero le apretaba en la frente y le dolían los pies.
Salieron a la calle de Toledo y llegaron en el tranvía a la Puerta del Sol; allí subieron a un ómnibus, que los llevó a la plaza de toros.