La Justa, que se enteró, se echó a reír.
Manuel esperó la muerte del toro mirando al suelo; volvieron a salir las mulillas, y al arrastrar el caballo quedaron todos los intestinos en el suelo, y un monosabio los llevó con un rastrillo.
—Mira, mira el mondongo—dijo, riendo, la Justa.
Manuel, sin decir nada ni hacer caso de observaciones, salió del tendido. Bajó a unas galerías grandes, llenas de urinarios que olían mal, y anduvo buscando la puerta, sin encontrarla.
Sentía rabia contra todo el mundo, contra los demás y contra él. Le pareció el espectáculo una asquerosidad repugnante y cobarde.
Él suponía que los toros era una cosa completamente distinta a lo que acababa de ver; pensaba que se advertiría siempre el dominio del hombre sobre la fiera, que las estocadas serían como rayos y que en todos los momentos de la lidia habría algo interesante y sugestivo; y en vez de un espectáculo como él soñaba, en vez de una apoteosis sangrienta del valor y de la fuerza, veía una cosa mezquina y sucia, de cobardía y de intestinos; una fiesta en donde no se notaba mas que el miedo del torero y la crueldad cobarde del público recreándose en sentir la pulsación de aquel miedo.
Aquello no podía gustar—pensó Manuel—mas que a gente como el Carnicerín, a chulapos afeminados y a mujerzuelas indecentes.
Al llegar a casa, Manuel arrojó de sí con rabia el sombrero y las botas y el traje con el cual había ido a la plaza tan ridículo...
Se comentó mucho por el señor Custodio y su mujer la indignación de Manuel, y a él mismo le produjo cierto asombro; comprendía que no le hubiera gustado; lo que le chocaba es que le produjese tanta ira y tanta rabia.
Pasó el verano; la Justa comenzó a hacer los preparativos para la boda, Manuel mientras tanto proyectaba marcharse de casa del señor Custodio y salir de Madrid, ¿Adónde? No lo sabía; cuanto más lejos, mejor, pensaba.