En el mes de noviembre se celebró la boda de una compañera del taller de la Justa, en la Bombilla. No podían ir el señor Custodio y su mujer, y Manuel acompañó a la Justa.
Vivía la novia en la ronda de Toledo, y su casa era el punto de partida de los invitados.
A la puerta esperaba un ómnibus grande, en donde cabían una infinidad de personas.
Subieron todos los invitados; la Justa y Manuel se acomodaron en la imperial del coche y esperaron un rato. Se presentaron los novios rodeados de una nube de chiquillos que gritaban; él tenía facha de hortera; ella, esmirriada y fea, parecía una mona; los padrinos iban detrás, y en el grupo de éstos, una vieja gorda, chata, bizca, de pelo blanco, con una rosa roja en la cabeza y una guitarra en la mano, avanzaba con aire flamenco.
—¡Viva la novia! ¡Vivan los padrinos!—gritó la bizca; contestaron todos sin gran entusiasmo y echó andar el coche en medio de la algarabía y las voces de unos y de otros. En el camino fueron todos chillando y cantando.
Manuel, al no ver al Carnicerín allí, no se atrevía a alegrarse, pensando que estaría ya en los Viveros.
La mañana era hermosa, húmeda; los árboles, de color de cobre, iban desprendiéndose de sus hojas secas, a impulso de las ráfagas suaves de viento; surcaba el cielo pálido nubes blancas, la carretera brillaba por la humedad, a lo lejos en el campo ardían montones de hojas, y las humaredas espesas corrían rasando la tierra.
Se detuvo el coche en una de las fondas de los Viveros; bajaron todos del ómnibus, y se reprodujeron los gritos y el clamoreo. El Carnicerín no estaba allí, pero se presentó poco después, y en la mesa se colocó al lado de la Justa.
A Manuel le pareció el día odioso; hubo momentos en que sintió ganas de llorar. Pasó toda la tarde desesperado en un rincón, viendo cómo bailaba la Justa con su novio al compás de las notas de un organillo.
Al anochecer, Manuel se acercó a la Justa y, con gravedad cómica, la dijo bruscamente: