—Vamos, tú—y viendo que no le hacía caso, añadió—. Oye, Justa, vamos a casa.
—Anda ¡Déjame a mí en paz!—replicó ella con malos modos.
—Es que tu padre ha dicho que para la noche estés en casa. Anda, vamos.
—Oye, niño—dijo el Carnicerín con pausa—. ¿A ti quién te da vela en este entierro?
—A mí me han encargado...
—Bueno; pues tú te callas. ¿Sabes?
—No me da la gana.
—Te haré callar yo calentándote las orejas.
—¿Usted a mí?... Si usted lo que es es un morral, un ladrón—y Manuel se echó sobre el Carnicerín; pero uno de los amigos de éste le soltó un garrotazo en la cabeza que lo dejó atontado. Trató el muchacho de volver a acometer al hijo del carnicero; dos o tres invitados le empujaron y lo zarandearon hasta ponerle en la carretera a la puerta de la fonda.
—¡Hambrón!... Golfo—gritaba Manuel.