—Expresiones en casa—le dijo una de las amigas de la Justa con sorna—y canalla novedá.
Manuel, avergonzado y sediento de venganza, medio aturdido aún con el golpe, se tapó la cara con la boina y fué andando por el camino llorando de rabia. Al poco tiempo sintió alguien que se le acercaba corriendo tras él.
—Manuel, Manolillo—le dijo la Justa con voz cariñosa y burlona—, ¿qué tienes?
Manuel respiró fuerte y se le escapó un largo sollozo de dolor.
—¿Qué tienes? Anda; vuelve. Iremos juntos.
—No, no; déjame.
Luego no supo qué resolución tomar, y sin hablar más echó a correr camino de Madrid.
La carrera secó sus lágrimas y reanimó sus iras. Estaba dispuesto a no volver a casa del señor Custodio, aunque se muriera de hambre.
La ira le subía en oleadas a la garganta, sentía un furor negro, vagas ideas de acometer, de destruir todo, de echar todas las cosas al suelo y despanzurrar a todos los hombres.
El le prometía al Carnicerín que, si alguna vez le encontraba a solas, le echaría las zarpas al cuello hasta estrangularle, le abriría en canal como a los cerdos y le colgaría con la cabeza para abajo y un palo entre las costillas y otro en las tripas, y le pondría, además, en la boca una taza de hoja de lata, para que gotease allí su maldita sangre de cochino.