Y luego generalizaba su odio y pensaba que la sociedad entera se ponía en contra de él y no trataba mas que de martirizarle y de negarle todo.
Pues bien; él se pondría en contra de la sociedad, se reuniría con el Bizco y asesinaría a diestro y siniestro, y cuando, cansado de hacer crímenes, le llevaran al patíbulo, miraría desde allí al pueblo con desprecio y moriría con un supremo gesto de odio y de desdén.
Mientras barajaba en la cabeza todas estas ideas de exterminio, iba obscureciendo. Manuel subió a la plaza de Oriente, y de aquí siguió por la calle del Arenal.
Estaban asfaltando un trozo de la Puerta del Sol; diez o doce hornillos puestos en hilera vomitaban por sus chimeneas un humo espeso y acre. Todavía las luces blancas de los arcos voltaicos no habían iluminado la plaza; las siluetas de unos cuantos hombres que removían la masa de asfalto en las calderas con largos palos, se agitaban diabólicamente ante las bocas inflamadas de los hornillos.
Manuel se acercó a una de las calderas y oyó que le llamaban. Era el Bizco; se hallaba sentado sobre unos adoquines.
—¿Qué hacéis aquí?—le preguntó Manuel.
—Nos han derribado las cuevas de la Montaña—dijo el Bizco—, y hace frío. Y tú, ¿qué? ¿Has dejado la casa?
—Sí.
—Anda, siéntate.
Manuel se sentó y se recostó en una barrica de asfalto.