En los escaparates y en los balcones de las casas iban brillando luces; llegaban los tranvías suavemente, como si fueran barcos, con sus faroles amarillos, verdes y rojos; sonaban sus timbres, y corrían por la Puerta del Sol, trazando elegantes círculos. Cruzaban coches, caballos, carros, gritaban los vendedores ambulantes en las aceras, había una baraúnda ensordecedora... Al final de una calle, sobre el resplandor cobrizo del crepúsculo, se recortaba la silueta aguda de un campanario.

—Y a Vidal, ¿no lo ves?—preguntó Manuel.

—No. Oye: ¿tú tienes dinero?—dijo el Bizco.

—Veinte o treinta céntimos nada más.

—¿Vamos por una libreta?

—Bueno.

Compró Manuel un panecillo, que dió al Bizco, y los dos tomaron una copa de aguardiente en una taberna. Anduvieron después correteando por las calles, y a las once, próximamente, volvieron a la Puerta del Sol.

Alrededor de las calderas del asfalto se habían amontonado grupos de hombres y de chiquillos astrosos; dormían algunos con la cabeza apoyada en el hornillo, como si fueran a embestir contra él. Los chicos hablaban y gritaban, y se reían de los espectadores que se acercaban con curiosidad a mirarles.

—Dormimos como en campaña—decía uno de los golfos.

—Ahora no vendría mal—agregaba otro—pasarse a dar una vuelta por la Plaza Mayor, a ver si nos daban una libra de jamón.