—Tiene trichina.

—Cuidado con el colchón de muelles—vociferaba uno chato, que andaba con una varita dando en las piernas de los que dormían—. ¡Eh, tú, que estás estropeando las sábanas!

Al lado de Manuel, un chiquillo raquítico, de labios belfos y ojos ribeteados, con uno de los pies envuelto en trapos sucios, lloraba y gimoteaba; Manuel, absorto en sus ideas, no se había fijado en él.

—Pues no berreas tú poco—le dijo al enfermo un muchacho que estaba tendido en el suelo, con las piernas encogidas y la cabeza apoyada en una piedra.

—Es que me duele mucho.

—Pues, amolarse. Ahórcate.

Manuel creyó oír la voz del Carnicerín, y miró al que hablaba. Con la gorra puesta sobre los ojos, no se le veía la cara.

—¿Quién es ése?—preguntó Manuel al Bizco.

—Es el capitán de los de la Montaña: el Intérprete.

—¿Y por qué le habla así a ese chico?