—El Bizco se encogió de hombros con un ademán de indiferencia.

—¿Qué te pasa?—le preguntó Manuel al chiquillo.

—Tengo una llaga en un pie—contestó el otro, volviendo a llorar.

—Te callarás—interrumpió el Intérprete soltando una patada al enfermo, el cual pudo esquivar el golpe—. Vete a contar eso a la perra de tu madre... ¡Moler! No se puede dormir aquí.

—Amolarse—gritó Manuel.

—Eso ¿a quién se lo dices?—preguntó el Intérprete, echando la gorra hacia atrás y mostrando su cara brutal de nariz chata y pómulos salientes.

—A ti te lo digo ¡ladrón! ¡cobarde!

El Intérprete se levantó y marchó contra Manuel; éste, en un arrebato de ira, le agarró del cuello con las dos manos, le dió con el talón derecho un golpe en la pierna, le hizo perder el equilibrio y le tumbó en la tierra. Allí le golpeó violentamente. El Intérprete, más forzudo que Manuel, logró levantarse; pero había perdido la fuerza moral, y Manuel estaba enardecido y volvió a tumbarle, e iba a darle con un pedrusco en la cara, cuando una pareja de municipales los separó a puntapiés. El Intérprete se marchó de allí avergonzado.

Se tranquilizó el corro, y fueron, unos tras otros, tendiéndose nuevamente alrededor de la caldera.

Manuel se sentó sobre unos adoquines; la lucha le había hecho olvidar el golpe recibido a la tarde; se sentía valiente y burlón, y encarándose con los curiosos que contemplaban el corro, unos con risas y otros con lástima, se puso a hablar con ellos.