—¿Y qué? ¿Y qué?—contestaba la Irene—¿Qué estoy preñada? Ya lo sé. ¿Y qué?

Doña Violante abrió la puerta del pasillo con furia; Manuel y la chica de la patrona huyeron, y la vieja salió con una camisa de bayeta remendada y sucia y un pañuelo de hierbas anudado a la cabeza y se puso a pasear, arrastrando las chanclas, de un lado a otro del corredor.

—¡Cochina! ¡Más que cochina!—murmuraba—. ¡Habráse visto la guarra!

Manuel fué al gabinete, en donde la patrona y la vizcaína charloteaban en voz baja. La sobrina de la patrona, muerta de curiosidad, preguntaba a las dos mujeres con irritación creciente:

—Pero, ¿por qué la riñen a la Irene?

La patrona y la vizcaína cambiaron una ojeada amistosa, y se echaron a reír.

—Di—gritó la niña porfiada, agarrando de la toquilla a su tía—. ¿Qué importa que tenga ese bulto? ¿Quién le ha hecho ese bulto?

Entonces ya la patrona y la vizcaína no pudieron contener la carcajada, mientras la chiquilla las miraba con avidez, tratando de penetrar el sentido de lo que oía.

—¿Quién le ha hecho ese bulto?—decía entre risotadas la vizcaína—. Pero, hija, si nosotras no sabemos quién le ha hecho el bulto.

—Todos los huéspedes repitieron con fruición y entusiasmo la pregunta de la sobrina de la patrona, y en cualquier discusión de sobremesa algún chusco salía diciendo de improviso: