—Ya veo que usted sabe quién le ha hecho el bulto—y la frase se acogía con grandes risotadas.

Luego, pasados unos días, se habló de una consulta misteriosa, celebrada por las niñas de doña Violante con la mujer de un barbero de la calle de Jardines, especie de proveedora de angelitos para el limbo; se dijo que la Irene, al volver de la conferencia tenebrosa, vino en un coche, muy pálida, que la tuvieron que meter en la cama. Lo cierto fué que la muchacha pasó sin salir del cuarto más de una semana; que, al aparecer, su aspecto era de convaleciente, y que el ceño de la madre y de la abuela se desarrugó por completo.

—Tiene cara de infanticida—dijo el cura al verla de nuevo—, pero está más guapa.

Si algo nefando hubo, nadie podría asegurarlo; pronto se olvidó lo ocurrido; a la niña se le presentó un protector rico, al parecer, y, en conmemoración de tan fausto acontecimiento, los huéspedes participaron del alboroque. Después de cenar, se bebió cognac y aguardiente; el cura tocó la guitarra; la Irene bailó sevillanas, con menos gracia que un albañil, según dijo la patrona; el Superhombre cantó unos fados aprendidos en Portugal, y la vizcaína, por no ser menos, se arrancó con unas malagueñas, que lo mismo podían ser cante flamenco que salmos de David.

Sólo el estudiante rubio, con sus ojos de acero, no participaba de la juerga, embebido en sus pensamientos.

—Y usted, Roberto—le dijo la Celia varias veces—, ¿no canta ni hace usted nada?

—Yo, no—replicó él, fríamente.

—No tiene usted sangre en las venas.

El jovencito la contempló un momento, se encogió de hombros con indiferencia, y en sus labios pálidos se marcó una sonrisa de desdén y de burla.