Luego, como acontecía casi siempre en las francachelas de la casa de huéspedes, un chusco se puso a darle a la caja de música del pasillo, y el «Gentil pastor» de La Mascota y el vals de La Diva brotaron confusos; el Superhombre y Celia dieron unas vueltas de vals y concluyeron cantando todos una habanera, hasta que se cansaron y se marchó cada mochuelo a su olivo.
CAPÍTULO IV
¡Oh, el amor, el amor!—¿Qué hace don Telmo? ¿Quién es don Telmo?—En el cual el estudiante Y Don Telmo toman ciertas proporciones novelescas.
A la Baronesa apenas se la veía en casa, excepto en las primeras horas de la mañana y de la noche. Comía y cenaba fuera. A creer a la patrona, era una trapisondista, y tenía grandes alternativas en su posición, pues tan pronto se mudaba a una casa buena y llevaba coche como desaparecía varios meses en el cuartucho infecto de una casa de pupilos barata.
La hija de la Baronesa, una niña de unos doce a catorce años, no se presentaba nunca en el comedor ni en el pasillo; su madre la prohibía toda comunicación con los huéspedes. Se llamaba Kate. Era una muchacha rubia, muy blanca y muy bonita. Sólo el estudiante Roberto hablaba con ella algunas veces en inglés.
El muchacho miraba a la chiquilla con entusiasmo.
Aquel verano debió de terminar la mala racha de la Baronesa, porque comenzó a hacerse ropa y se preparó a mudarse de casa.
Durante unas semanas iban todos los días una costurera y una aprendiza con trajes y sombreros para la Baronesa y Kate.
Manuel, una noche, vió pasar a la aprendiza de la costurera con una caja grande en la mano, y se sintió enamorado.