La siguió de lejos con gran miedo de que lo viera. Mientras iba tras ella, pensaba en lo que se le tendría que decir a una muchacha así, al acompañarla. Había de ser una cosa galante, exquisita; llegaba a suponer que estaba a su lado y torturaba su imaginación ideando frases y giros, y no se le ocurrían mas que vulgaridades. En esto, la aprendiza y su caja se perdieron entre la gente y no volvió a verlas.

Fué para Manuel el recuerdo de aquella chiquilla como una música encantadora, una fantasía, base de otras fantasías. Muchas veces ideaba historias, en que él hacía siempre de héroe y la aprendiza de heroína. En tanto que Manuel lamentaba los rigores del destino, Roberto, el estudiante rubio, se dedicaba también a la melancolía, pensando en la hija de la Baronesa. Algunas bromas tenía que sufrir el estudiante, sobre todo de la Celia, que, según malas lenguas, trataba de arrancarle de su habitual frialdad; pero Roberto no se ocupaba de ella.

Días después, un motivo de curiosidad agitó la casa.

Al volver de la calle los huéspedes, se saludaban en broma unos a otros, diciéndose, a manera de santo y seña: ¿Quién es don Telmo? ¿Qué hace don Telmo?

Un día estuvo el delegado de policía del distrito hablando en la casa con don Telmo, y alguien oyó o inventó que se ocuparon los dos del célebre crimen de la calle de Malasaña. La expectación entre los huéspedes al conocerse la noticia fué grande, y todos, entre burlas y veras, se pusieron de acuerdo para espiar al misterioso señor.

Don Telmo se llamaba el viejo cadavérico que limpiaba con la servilleta las copas y las cucharas, y su reserva predisponía a observarle. Callado, indiferente, sin terciar en las conversaciones, hombre de muy pocas palabras, que no se quejaba nunca, llamaba la atención por lo mismo que parecía empeñado en no llamarla.

Su única ocupación visible era dar cuerda a los siete u ocho relojes de la casa y arreglarlos cuando se descomponían, cosa que ocurría a cada paso.

Don Telmo tenía las trazas de un hombre profundamente entristecido, de un ser desgraciado; en su cara lívida se leía un abatimiento profundo. La barba y el pelo blancos los llevaba muy recortados; sus cejas caían como pinceles sobre los ojos grises.

En casa andaba envuelto en un gabán verdoso, con un gorro griego y zapatillas de paño. A la calle salía con una levita larga y un sombrero de copa muy alto, y sólo algunos días de verano sacaba un jipijapa habanero.

Durante más de un mes don Telmo fué el motivo de las conversaciones de la casa de huéspedes.