Un día, discutiendo si los jóvenes debían o no ser ambiciosos y preocuparse del porvenir, Roberto aseguró que era lo primero que debía hacer uno.
—Pues usted no lo hace—dijo el Superhombre.
—Tengo el convencimiento absoluto—contestó Roberto—de que he de llegar a ser millonario. Estoy construyendo la máquina que me llenará de dinero.
El Superhombre, que se las echaba de mundano y de corrido, se permitió, al oír esto, una broma desdeñosa acerca de las facultades de Roberto, y éste le replicó de una manera tan violenta y tan agresiva, que el periodista se descompuso y balbuceó una porción de excusas.
Luego, cuando quedaron solos don Telmo y Roberto en la mesa, siguieron hablando, y del tema general de si los jóvenes debían o no ser ambiciosos, pasaron a tratar de las esperanzas que el estudiante tenía de llegar a ser millonario.
—Yo estoy convencido de que lo seré—dijo el muchacho—. En mi familia han abundado las personas de gran suerte.
—Eso está muy bien, Roberto—murmuró el viejo—; pero hay que saber cómo se hace uno rico.
—No crea usted que mi esperanza es ilusoria; yo tengo que heredar, y no poca cosa; tengo que heredar muchísimo... millones...; los cimientos de mi obra y el andamiaje están hechos; ahora el caso es que necesito dinero.
En el rostro de don Telmo se pintó una expresión de sorpresa desagradable.