—No tenga usted cuidado—replicó Roberto—, no se lo voy a pedir.
—Hijo mío, si yo tuviera se lo daría con mucho gusto y sin interés. A mí se me cree millonario.
—No; ya le digo a usted que no trato de sacarle ni un céntimo; lo único que le pediría a usted sería un consejo.
—Hable usted, hable usted; le escucho con verdadera atención—repuso el viejo, apoyando un codo en la mesa.
Manuel, que recogía el mantel, aguzó los oídos.
En aquel instante entró en el comedor uno de los comisionistas, y Roberto, que se preparaba a contar algo, se calló y contempló al intruso con impertinencia. Era un tipo aristocrático el del estudiante, de pelo rubio, espeso y peinado para arriba, bigote blanco, como si fuera de plata; la piel, algo curtida por el sol.
—¿No sigue usted?—le dijo don Telmo.
—No—replicó el estudiante, mirando al comisionista—, porque no quiero que nadie se entere de lo que yo hablo.
—Venga usted a mi cuarto—repuso don Telmo—; allí hablaremos tranquilamente. Tomaremos café en mi habitación. ¡Manuel!—dijo después—, vete por dos cafés.
Manuel, que tenía un gran interés en oír lo que contaba el estudiante, salió a la calle disparado. Tardó en volver con las cafeteras más de un cuarto de hora, con lo que supuso que Roberto habría terminado su narración.