—Con una mujer rica es lo que digo...
Aquí don Telmo se puso a hablar en voz baja, y tras breves palabras se despidieron los dos.
El espionaje de los huéspedes se hizo tan fastidioso para los espiados, que la vizcaína y don Telmo advirtieron a la patrona que se marchaban. La desolación de doña Casiana al saber su decisión fué grandísima; tuvo que recurrir varias veces al armario y dedicarse a los consuelos del líquido fabricado por ella.
Los huéspedes, con la fuga de la vizcaína y don Telmo, se encontraron tan chasqueados, que ni los líos de la Irene y la Celia, ni los cuentos del cura don Jacinto, que exageró la nota soez, bastaron para sacar de su mutismo a la gente.
El tenedor de libros, un hombre ictérico, de cara chupada y barba de judío de monumento, muy silencioso y tímido, que había roto a hablar intrigado por las cábalas ideadas y fantaseadas sobre la vida de don Telmo, se fué poniendo cada vez más amarillo de hipocondría.
La marcha de don Telmo la pagaron el estudiante y Manuel. Con el estudiante no se atrevían mas que a darle bromas acerca de su complicidad con el viejo y la vizcaína; a Manuel le chillaba todo el mundo, cuando no le daban algún puntapié.
Uno de los comisionistas, el enfermo del estómago, exasperado por el aburrimiento, el calor y las malas digestiones, no encontró otra distracción mas que insultar y reñir a Manuel mientras éste servía la mesa, viniera o no a cuento.
—¡Anda, ganguero!—le decía—. ¡Lástima de la comida que te dan! ¡Calamidad!
Esta cantinela, unida a otras del mismo género, comenzaba a fastidiar a Manuel. Un día el comisionista cargó la mano de insultos y de improperios sobre Manuel. Le habían enviado al chico por dos cafés, y tardaba mucho en venir con el servicio; precisamente aquel día no era suya la culpa de la tardanza, pues le hicieron esperar mucho.