Alguien le vió en una ropavejería del Rastro, que probablemente sería suya, y se inventó que en su cuarto guardaba monedas de oro y que de noche jugaba con ellas encima de la cama.
Se supo también que don Telmo iba a visitar con alguna frecuencia a una muchacha muy elegante y guapa, según unos querida suya, y, según otros, su sobrina.
Al siguiente domingo, Manuel sorprendió una conversación entre el viejo y el estudiante. En un cuarto obscuro había un montante que daba a la habitación de don Telmo, y desde allí se puso a oír.
—¿De manera que se niega a dar más datos?—preguntaba don Telmo.
—Se niega en absoluto—decía el estudiante—; y él me aseguró que el que no apareciera el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro parroquial era consecuencia de una falsificación; que esto lo mandó hacer un tal Shapfer, agente de Bandon, y que luego los curas se aprovecharon para apoderarse de unas capellanías. Yo tengo la certidumbre de que el pueblo en donde nació Fermín Núñez fué Arnedo o Autol.
Don Telmo contemplaba atentamente un pliego de papel grande: el árbol genealógico de la familia de Roberto.
—¿Qué camino cree usted que debía seguir?—preguntó el estudiante.
—Necesita usted dinero; pero ¡es tan difícil encontrarlo!—murmuró el viejo—. ¿Por qué no se casa usted?
—¿Y qué adelantaría?