—Ya ves lo que has conseguido: ya no puedes estar aquí—dijo la Petra a su hijo.
—Bueno. Ese morral me las pagará—replicó el muchacho apretándose los chichones de la frente—. Le digo a usted que si le encuentro le voy a machacar los sesos.
—Te guardarás muy bien de decirle nada.
En este momento entró el estudiante en la cocina.
—Has hecho bien, Manuel—exclamó dirigiéndose a la Petra—. ¿A qué le insultaba ese mamarracho? Aquí todo dios tiene derecho a meterse con uno si no hace lo que los demás quieren. ¡Gentuza cobarde!
Al decir esto, Roberto se puso pálido de ira; luego se calmó y preguntó a la Petra:
—¿Adónde va usted a llevar ahora a Manuel?
—A una zapatería de un primo mío de la calle del Aguila.
—¿Está por barrios bajos?
—Sí.