—¿No está el señor Ignacio?—preguntó ella.

—Ahora viene—contestó un muchacho que amontonaba zapatos viejos en el centro de la tienda.

—Dígale usted que está aquí su prima, la Petra.

Salió el señor Ignacio. Era un hombre de unos cuarenta a cincuenta años, seco y enjuto. Comenzaron a hablar la Petra y él, mientras el muchacho y un chiquillo seguían amontonando los zapatos viejos. Manuel les miraba, cuando el mozo le dijo:

—¡Anda, tú, ayuda!

Manuel hizo lo que ellos, y cuando terminaron los tres, esperaron a que cesaran de hablar la Petra y el señor Ignacio. La Petra contaba a su primo la última hazaña de Manuel, y el zapatero escuchaba sonriendo. El hombre no tenía trazas de mala persona; era rubio e imberbe; en su labio superior sólo nacían unos cuantos pelos azafranados. La tez amarilla, rugosa, los surcos profundos de su cara, el aire cansado, le daban aspecto de hombre débil. Hablaba con cierta vaguedad irónica.

—Te vas a quedar aquí—le dijo la Petra a Manuel.

—Bueno.

Este es un barbián—exclamó el señor Ignacio, riendo—; se conforma pronto.

—Sí; éste todo lo toma con calma. Pero, mira—añadió, dirigiéndose a su hijo—, si yo sé que haces alguna cosa como la de ayer, ya verás.