Se despidió Manuel de su madre.
—¿Has estado mucho tiempo en ese pueblo de Soria con mi primo?—le preguntó el señor Ignacio.
—Dos años.
—Y qué, ¿allí trabajabas mucho?
—Allí no trabajaba nada.
—Pues hijo, aquí no tendrás más remedio. Anda, siéntate a trabajar. Ahí tienes a tus primos—añadió el señor Ignacio, mostrando al mozo y al chiquillo—. Estos también son unos guerreros.
El mozo se llamaba Leandro, y era robusto; no se parecía nada a su padre: tenía la nariz y los labios gruesos, la expresión testaruda y varonil; el otro era un chico de la edad de Manuel, delgaducho, esbelto, con cara de pillo, y se llamaba Vidal.
Se sentaron el señor Ignacio y los tres muchachos alrededor de un tajo de madera, formado por un tronco de árbol con una gran muesca. El trabajo consistía en desarmar y deshacer botas y zapatos viejos, que en grandes fardos, atados de mala manera, y en sacos, con un letrero de papel cosido a la tela, se veían por el almacén por todas partes. En el tajo se colocaba la bota destinada al descuartizamiento; allí se le daba un golpe o varios con una cuchilla, hasta cortarle el tacón; después, con las tenazas, se arrancaban las distintas capas de suela; con unas tijeras se quitaban los botones y tirantes, y cada cosa se echaba en su espuerta correspondiente: en una, los tacones; en otras, las gomas, las correas, las hebillas.
A esto había descendido La regeneración del calzado: a justificar el título de una manera bastante distinta de la pensada por el que lo puso.