—Pues, no, señora—le replicó Leandro—. Eso no está bien.
—¿Por qué no?
—Porque no; porque los industriales tienen que ayudarse, y si usted hace eso, pongo por caso, impide usted que otra venda, y para eso se ha inventado el socialismo, para favorecer la industria del hombre.
—Bueno; pues que le den dos duros a la industria del hombre y que la maten.
Hablaba la mujer muy cachazuda y sentenciosamente. Estaba su calma muy en perfecta consonancia con su corpachón, de un grosor y de una rigidez de tronco; tenía la cara carnosa y de torpes facciones; las arrugas profundas, bolsas de piel lacia debajo de los ojos; en la cabeza llevaba un pañuelo negro, muy ceñido y apretado a las sienes.
Era la señora Jacoba, así se llamaba, una mujer que no debía sentir ni el frío ni el calor: verano e invierno se pasaba las horas muertas sentada en su puesto de verduras de Puerta de Moros; si vendía una lechuga, desde que el sol nace hasta que se pone, vendía mucho.
Después de comer la familia del zapatero, fueron unos a dormir la siesta al patio de la casa, y otros se quedaron allí en el almacén.
Vidal, el hijo menor del zapatero, se tendió en el patio al lado de Manuel, y después de interrogarle acerca de la causa de aquellos chichones que apuntaban en la frente de su primo, le preguntó:
—¿Tú habías estado alguna vez en esta calle?
—Yo, no.