—En el pueblo en donde he estado yo—dijo Manuel, para no dejarse achicar por su primo—había montes más altos que veinte casas de éstas.
—En Madrid también hay la Montaña del Príncipe Pío.
—Pero no será tan grande como la del pueblo.
—¿Que no? Si en Madrid está todo lo mejor.
Molestaba bastante a Manuel la superioridad que su primo quería asignarse, hablándole de mujeres con el tono de un hombre experimentado que las conoce a fondo. Después de echar la siesta y de terminar una partida al mus, en que se enzarzaron el zapatero y unos vecinos, volvieron el señor Ignacio y los muchachos a su faena de cortar tacones y destripar botas. Se cerró de noche el almacén; el zapatero y sus hijos se fueron a su casa. Manuel cenó en el cuarto de la señora Jacoba la verdulera, y durmió en una hermosa cama, que le pareció bastante mejor que la de la casa de huéspedes.
Ya acostado, pesó el pro y el contra de su nueva posición social, y, calculando si el fiel de la balanza se inclinaría a uno u otro lado, se quedó dormido.
Al principio, la monotonía en el trabajo y la sujeción atormentaban a Manuel; pero pronto se acostumbró a una cosa y otra, y los días le parecieron más cortos y la labor menos penosa.
El primer domingo dormía Manuel a pierna suelta en casa de la señora Jacoba, cuando entró Vidal a despertarle. Eran más de las once; la verdulera, según su costumbre, había salido al amanecer para su puesto, dejando al muchacho solo.
—¿Qué haces?—le preguntó Vidal—. ¿Por qué no te levantas?
—Pues ¿qué hora es?