Pasaron adentro; era la casa del señor Ignacio pequeña: la componían dos alcobas, una sala, la cocina y un cuarto obscuro. El primer cuarto era la sala, amueblada con una cómoda de pino, un sofá, varias sillas de paja y un espejo verde, lleno de cromos y de fotografías, envuelto en una gasa roja. Solía la familia del zapatero hacer de comedor este cuarto los domingos, por ser el más espacioso y el de más luz.

Cuando llegaron Manuel y Vidal, hacía tiempo que los esperaban. Sentáronse todos a la mesa, y la Salomé, la cuñada del zapatero, se encargó de servir la comida. Manuel no conocía a la Salomé. Era parecidísima a su hermana, la madre de Vidal. Las dos, de mediana estatura, tenían la nariz corta y descarada, los ojos negros y hermosos; a pesar de su semejanza física, las diferenciaba por completo su aspecto: la madre de Vidal, llamada Leandra, sucia, despeinada, astrosa, con trazas de malhumor, parecía mucho más vieja que la Salomé, aunque no la llevaba mas que tres o cuatro años. La Salomé mostraba en su semblante un aire alegre y decidido.

¡Y lo que es la suerte! La Leandra, a pesar de su abandono, de su humor agrio y de su afición al aguardiente, estaba casada con un hombre trabajador y bueno, y, en cambio, la Salomé, dotada de excelentes condiciones de laboriosidad y buen genio, había concluído amontonándose con un gachó entre estafador, descuidero y matón, del cual tenía dos hijos. Por un espíritu de humildad o de esclavitud, unido a un natural independiente y bravío, la Salomé adoraba a su hombre, y se engañaba a sí misma, para considerarlo como tremendo y bragado, aunque era un cobarde y un gandul. El bellaco se había dado cuenta clara de la cosa, y cuando le parecía bien, con un ceño terrible aparecía en la casa y exigía los cuartos que la Salomé ganaba cosiendo a máquina, a cinco céntimos las dos varas. Ella le daba sin pena el producto de su penoso trabajo, y muchas veces el truhán no se contentaba con sacarle el dinero, sino que la zurraba además.

Los dos niños de la Salomé no estaban este día en casa del señor Ignacio; los domingos, después de ponerlos muy guapos y bien vestidos, su madre los enviaba a casa de una parienta suya, maestra de un taller, en donde pasaban la tarde.

En la comida, Manuel escuchó, sin terciar en la conversación. Se habló de una de las muchachas de la vecindad que se había ido con un chalán muy rico, hombre casado y con familia.

—Ha hecho bien—dijo la Leandra, vaciando un vaso de vino.

—Si no sabía que era casado...

—¿Qué más da?—contestó la Leandra, con aire indiferente.

—Mucho. ¿A ti te gustaría que una mujer se llevara tu marido?—preguntó la Salomé a su hermana.