—¡Psch!

—Sí; ahora ya se sabe—interrumpió la madre del señor Ignacio—. ¡Si de dos mujeres no hay una honrá!

—Bastante se adelanta con ser honrá—repuso la Leandra—: miseria y hambre... Si no se casara una, podría una alternar y hasta tener dinero.

—Pues no sé cómo—replicó la Salomé.

—¿Cómo? Aunque fuese haciendo la carrera.

El señor Ignacio desvió con disgusto la vista de su mujer, y el hijo mayor, Leandro, miró a su madre de un modo torvo y severo.

—¡Bah!, eso se dice—arguyó la Salomé, que quería discutir la cuestión impersonalmente—; pero a ti no te hubiera gustado que te insultaran por todas partes.

—¿A mí? ¡Bastante me importa a mí lo que digan!—contestó la zapatera—. ¡Ay, qué leñe! Si me dicen golfa, y no soy golfa..., ya ves: corona de flores; y si lo soy..., pata.

El señor Ignacio se sentía ofendido, y desvió la conversación, hablando del crimen de las Peñuelas: se trataba de un organillero celoso que había matado a su querida por una mala palabra; la cuestión apasionaba; cada uno dió su parecer. Concluyó la comida, y el señor Ignacio, Leandro, Vidal y Manuel salieron a la galería a echar la siesta mientras las mujeres quedaban dentro hablando.