En el patio, todos los vecinos sacaban el petate fuera, y, en camiseta, medio desnudos, sentados unos, tendidos los otros, dormían en las galerías.
—Anda, tú, vamos—dijo Vidal a Manuel.
—¿Adónde?
—Con los Piratas. Hoy tenemos cita; nos estarán esperando.
—Pero ¿qué piratas?
—El Bizco y esos.
—¿Y por qué los llaman así?
—Porque son como los piratas.
Bajaron Manuel y Vidal al patio; salieron de casa y descendieron por el arroyo de Embajadores.
—Pues nos llaman los Piratas—dijo Vidal—, de una pedrea que tuvimos. Unos chicos del paseo de las Acacias se habían formado con palos, y llevaban una bandera española, y, entonces, yo, el Bizco y otros tres o cuatro, empezamos con ellos a pedradas y les hicimos escapar; y el Corretor, uno que vive en nuestra casa y que nos vió ir detrás de ellos, nos dijo: «—Pero vosotros, ¿sois piratas o qué? Porque si sois piratas debéis llevar la bandera negra». Y al día siguiente yo cogí un delantal obscuro de mi padre y lo até en un palo y fuimos detrás de los que llevaban la bandera española, y por poco no se la quitamos; por eso nos llaman los piratas.