—¡Anda éste!...—exclamó uno con ironía—. Pues no tienes tú poco sorullo.

De pronto otro de los chicos gritó:

—A najarse, que viene gente.

Echaron todos los de la cuadrilla a correr por el paseo del Canal.

Se veía Madrid envuelto en una nube de polvo, con sus casas amarillentas. Las altas vidrieras relucían a la luz del sol poniente. Del paseo del Canal, atravesando un campo de rastrojo, entraron todos por una callejuela en la plaza de las Peñuelas; luego, por otra calle en cuesta, subieron al paseo de las Acacias.

Entraron en el Corralón, Manuel y Vidal, después de citarse con la cuadrilla para el domingo siguiente, subieron la escalera hasta la galería de la casa del señor Ignacio, y cuando se acercaron a la puerta del zapatero oyeron gritos.

—Padre está zurrando a la vieja—murmuró Vidal—. Lo que haya hoy que jamar aquí, pa el gato. Me marcho a acostar.

—Y yo, ¿cómo voy a la otra casa?—preguntó Manuel.

—No tienes mas que seguir la Ronda hasta llegar a la escalera de la calle del Aguila. No hay pérdida.

Manuel siguió el camino indicado. Hacía un calor horrible; el aire estaba lleno de polvo: jugaban algunos hombres a los naipes a las puertas de las tabernas, y en otras, al son de un organillo, bailaban abrazados.