—Ellas y sus madres—repuso Vidal con filosofía—. Casi todas las que viven aquí.

Salieron los Piratas de la Casa del Cabrero, bajaron a una hondonada, después de pasar al lado de una valla alta y negra, y por en medio de Casa Blanca desembocaron en el paseo de Yeserías.

Se acercaron al Depósito de cadáveres, un pabellón blanco próximo al río, colocado al comienzo de la Dehesa del Canal. Le dieron vuelta por si veían por las ventanas algún muerto, pero las ventanas estaban cerradas.

Siguieron andando por la orilla del Manzanares, entre los pinos torcidos de la Dehesa. El río venía exhausto, formado por unos cuantos hilillos de agua negra y de charcos encima del barro.

Al final de la Dehesa de la Arganzuela, frente a un solar espacioso y grande, limitado por una valla hecha con latas de petróleo, extendidas y clavadas en postes, se detuvo la cuadrilla a contemplar el solar, cuya área extensa la ocupaban carros de riego, barrederas mecánicas, bombas de extraer pozos negros, montones de escobas y otra porción de menesteres y utensilios de la limpieza urbana.

A uno de los lados del solar se levantaba un edificio blanco, en otra época iglesia o convento, a juzgar por sus dos torres y el hueco de las campanas abierto en ellas.

Anduvo la cuadrilla husmeando por allí; pasaron los chicos por debajo de un arco, con un letrero, en donde se leía: «Depósito de Caballos Padres»; y por detrás del edificio con trazas de convento llegaron cerca de unas barracas de esteras sucias y mugrientas: chozas de aduar africano, construídas sobre armazón de palitroques y cañas.

El Bizco entró en una de aquellas chozas y salió con un pedazo de bacalao en la mano.

Manuel sintió un miedo horrible.

—Me voy—dijo a Vidal.