Su hija, Milagros de nombre, una muchacha esbelta, fina como un pajarito, estaba en relaciones con Leandro, el primo de Manuel.

Los novios solían tener alternativas en sus amores, unas veces por coqueterías de ella, otras, por la mala vida de él.

No se entendían, porque la Milagros era un poco entonada y ambiciosa, se consideraba como venida a menos, y Leandro tenía, en cambio, un genio brusco e irascible.

El otro vecino del zapatero, el señor Zurro, tipo pintoresco y curioso, no se trataba con el señor Ignacio y odiaba cordialmente al corrector. El Zurro andaba siempre agazapado tras de unas antiparras azules, llevaba gorra de piel y balandranes largos.

—Se llama Zurro de apellido—decía el corrector—; pero es un zorro en sus actos; de estos zorros camperos, maestros en malicias y habilidades.

Según se hablaba, el Zurro entendía su negocio; tenía un puesto en la parte baja del Rastro, una choza obscura e infecta rellena de trapos, casacas antiguas, retales de telas viejas, tapicerías, trozos de casullas, y, además de esto, botellas vacías, botellas llenas de aguardiente y cognac, sifones de agua de Seltz, cerraduras roñosas, escopetas tomadas por la herrumbre, llaves, pistolas, botones, medallas y otras baratijas sin valor.

Y a pesar de que en la tienda del señor Zurro no entraban, seguramente, al cabo del día, más de dos personas, que harían un gasto de un par de reales, el ropavejero marchaba bien.

Vivía con su hija, la Encarna, una flamencona de unos veinticinco años, muy chulapa, muy descarada, que los domingos salía a pasear con su padre cargada de joyas. La Encarna sentía arder en su pecho el fuego de la pasión por Leandro; pero éste, enamorado de la Milagros, no correspondía al fuego del alma de la ropavejera.

Por tal motivo, la Encarna odiaba cordialmente a la Milagros y a los individuos de su familia, y los ponía a todas horas de cursis y de muertos de hambre, los injuriaba con motes desdeñosos, como el de Sopista mendrugo, adjudicado por ella al corrector, y el de La Loca del Vaticano a su hija.

Odios de personas de vida casi común, no era raro que fuesen de un encono y de un rencor violento; así, los de una y otra familia, no se miraban sin maldecirse y sin desearse mutuamente las mayores desgracias.