—Bueno; y ¿qué quiere usted que yo haga?
—Te lo diré cuando llegue el momento.
Manuel no pudo ocultar una sonrisa de ironía.
—Tú no lo crees—murmuró Roberto—; no importa; cuando veas, creerás.
—Claro.
—Por si acaso, si te necesito, ayúdame.
—Le ayudaré a usted en todo lo que pueda—contestó Manuel con fingida seriedad.
Unos golfos se tendieron en los desmontes, cerca de Manuel y de Roberto, y éste no quiso seguir hablando.
—Ya empiezan a dividirse en secciones—dijo uno de los golfos, que llevaba una gorra de cochero, señalando con una vara a las mujeres que estaban en la Doctrina.