Efectivamente; formáronse grupos alrededor de los árboles del patio, en cada uno de los cuales colgaba un cartelón con una imagen y un número en medio.

—Ahí están las marquesas—añadió el de la gorra indicando a unas cuantas señoras vestidas de negro que se presentaron en el patio.

Se destacaban las caras blancas entre las telas de luto.

—Todas son marquesas—advirtió uno.

—Pues todas no son guapas—replicó Manuel terciando en la conversación—. ¿Y a qué vienen aquí?

—Son éstas las que enseñan la doctrina—contestó el de la gorra—; de vez en cuando regalan sábanas y camisas a las mujeres y a los hombres. Ahora van a pasar lista.

Comenzó a sonar una campana; cerraron la verja del edificio; se formaron corros, y en medio de cada uno de ellos entró una señora.

—¿Ves aquella que está allá?—preguntó Roberto—. Es la sobrina de don Telmo.

—¿Aquella rubia?

—Sí. Espérame aquí.