Bajó Roberto el camino y se acercó a la verja.

Comenzó la lección de doctrina; salía del patio un rumor de rezo, lento y monótono.

Manuel se tendió de espaldas en el suelo. Desde allá surgía Madrid, muy llano, bajo el horizonte gris, por entre la gasa del aire polvoriento. El cauce ancho del Manzanares, de color de ocre, aparecía surcado por alguno que otro hilillo de agua negra. El Guadarrama destacaba de un modo confuso la línea de sus crestas en el aire empañado.

Roberto paseaba por delante del patio. Seguía el rumor de los mendigos recitando la doctrina. Una vieja, con un pañuelo rojo en la cabeza y un mantón negro que verdeaba, se sentó en el desmonte.

—¿Qué es eso agüela? ¿No le han querido abrir la puerta?—gritó el de la gorra.

—No... ¡Las tías brujas esas!

—No tenga usted cuidado, que hoy no dan nada. El viernes que viene es el reparto. Ya le darán a usted lo menos una sábana—añadió el de la gorra con aviesa intención.

—Si no me dan más que una sábana—chilló la vieja torciendo la jeta—, les digo que se la guarden en el moño. ¡Las tías zorras!...

—Ya la han tañado a usted, agüela—exclamó uno de los golfos tendidos en el suelo—. Usted lo que es, es una ansiosa.