—Claro, hombre..., parné, eso es lo que hace falta.
—Y todo lo demás... leñe y jarabe de pico...; porque pa dar consejos toos semos buenos; pero en tocante al manró, ni las gracias.
—Me parece.
Salieron las señoras con sus libros de rezos en la mano; las viejas mendigas las perseguían y las atosigaban con sus peticiones.
Manuel miraba a todas partes por si encontraba al estudiante; al fin lo vió cerca de la sobrina de don Telmo. La rubia se volvió a mirarle, y subió en un coche. Roberto la saludó y el coche echó a andar.
Volvieron Roberto y Manuel por el camino de San Isidro.
Seguía el cielo nublado, el aire seco; la procesión de mendigos avanzaba en dirección a Madrid. Antes de llegar al puente de Toledo, en la esquina del camino alto de San Isidro y de la carretera de Extremadura, en una taberna muy grande entraron Roberto y Manuel. Roberto pidió una botella de cerveza.
—¿Vives ahí en la misma casa en donde está la zapatería?—preguntó Roberto.
—No; vivo en el paseo de las Acacias, en una casa que se llama el Corralón.
—Bueno, te iré a ver allá; y ya sabes, siempre que vayas a algún sitio donde se reúna gente pobre o de mala vida avísame.