Sonó una campana; se abrió la puerta de la verja; se disolvieron y confundieron los grupos; todo el mundo se puso de pie, y comenzaron a marcharse las mujeres con sus sillas, colocadas en equilibrio sobre la cabeza, gritando, empujándose violentamente unas a otras; dos o tres vendedoras pregonaron su mercancía mientras salía aquella muchedumbre de andrajosos apretándose, chillando, como si escaparan de algún peligro. Unas viejas corrían pesadamente por la carretera; otras se ponían a orinar acurrucadas, y todas vociferaban y sentían la necesidad de insultar a las señoras de la Doctrina, como si instintivamente adivinasen lo inútil de un simulacro de caridad que no remediaba nada. No se oían mas que protestas y manifestaciones de odio y desprecio.

—¡Moler! Con las mujeres de Dios...

—Ahora quien que se confiese una.

—Esas tías borrachas.

—¡Anda que confiesen ellas y la maire que las ha parío!

—Que las den morcilla a todas.

Después de las mujeres salían los hombres, los ciegos, los tullidos y los mancos, sin apresurarse, hablando con gravedad.

—¡Pues no quien que me case!—murmuraba un ciego, sarcásticamente, dirigiéndose a un cojo.

—Y tú ¿qué dices?—le preguntaba éste.

—¿Yo? ¡Que naranjas de la China! Que se casen ellas si tien con quién. Vienen aquí amolando con rezos y oraciones. Aquí no hacen falta oraciones, sino jierro, mucho jierro.