—Y te andaré en la cara—interrumpió el Tabuenca.

—Pues venga usted de una vez; no se quede con las ganas—replicó Roberto.

—¡Granuja! ¡Cobarde!

—Usted sí que es cobarde. Tiene usted tan pocos riñones como poca nariz.

El Tabuenca engarzó una porción de insultos y blasfemias, y, volviendo la espalda, se fué.

—¿Y a mí quién me paga el farol?—preguntó el arriero.

—¿Cuánto vale?—dijo Roberto.

—Tres pesetas.

—Ahí van.

Ese Tabuenca es un boceras—dijo el arriero del candil, al recibir el dinero—. ¿Y qué es lo que querían ustedes?